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Más chinitas en el camino de la igualdad laboral


Levantarse para leer titulares como la portada de Málaga Hoy no solo nos hace recordar que no hemos avanzado nada sino que, como fruto de la crisis, se están dando paso atrás en la consolidación de derechos de la mujer en el mercado laboral.

Creo que pocas cosas producen más desazón que comprobar que 14.000 mujeres en Málaga volverán a “encargarse de la casa” después de intentar afrontar un nueva etapa que no las relegara a un papel demasiado tradiciona en nuestro país.

Sorprende que, en pleno discurso sobre el cambio del modelo productivo, sobre qué nichos de mercado puede acometer el empresariado español para sacarnos de la crisis, todavía no se ha abordado el hecho de que la mujer juega un papel secundario en el nivel de prioridades.

Una pesada mochila que ahora se ha agravado y que, por lo que se desprende de la información publicada hoy en Málaga, hará aún más inalcanzable la igualdad plena de sexos en el ámbito de la empresa y los negocios.

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Aprendiendo #igualdad de las “Mujeres de Shakespeare”


Anoche recibí una lección de igualdad. Supongo que hablar hoy en día de la igualdad de género en un país donde las víctimas de la violencia machista siguen aumentando como la gota de un grifo que no cierra, puede resultar hasta una odisea. Y supongo que, mientras siga muriendo una sola mujer en manos de su pareja o ex-pareja fruto de la errónea confusión de pertenencia, obras como la de El Brujo “Mujeres de Shakerpeare” seguirán haciendo bastante falta.

Lo primero que me ha venido a la cabeza tras salir del teatro ha sido que las mujeres, las mismas que relataba Shakespeare en sus obras del barroco, eran seres atenazados por una cultura que seguía relegándolas a la segunda posición en todo, cuando no sumisión a la figura de un hombre que, en igualdad de condiciones, probablemente no habría sido competencia. También pude observar como, quizá con esa forma de hacer comedia de lo cotidiano, usando el lenguaje más al uso de la calle e incluso cayendo en la irreverencia, El Brujo sabe como llegar a todo tipo de públicos con el fin último de abrir esa puerta que queda pendiente para que la diferencia de sexos no sea un impedimento en el desarrollo personal, social y profesional de una mujer frente a un hombre.

Mostrada con inteligencia y picardía, la obra intenta exponer a modo de clase magistral como uno de los principales autores de la literatura inglesa (cuando no el más importante), veía a las mujeres de sus obras, todo ello basándose en los estudios de Harold Bloom, en especial, “La Invención de lo Humano”. No sin encontrar paralelismos en otros autores más cercanos a nosotros como Quevedo, Calderón de la Barca o Cela, pero eso es tema de otro post.

La primera de las lecturas, probablemente la que guarda mayor simbolismo, es la defensa a ultranza del amor como fin último de todo hombre, y por extensión, en el papel predominante de éste encarnado en la figura de la mujer. De igual forma, otros conceptos como la batalla entre la luz de la sabiduría y las sombras de la ignorancia para saber como alcanzar dicho amor encuentran su hueco a lo largo de un relato que no para de salpicarnos con citas célebres de las que luego nos llegamos a encontrar a modo de 140 carácteres en Twitter (sobre todo sacadas de la obra de “Romeo y Julieta”).

Pero el personaje que más engancha a El Brujo, no es Julieta, sino Rosalinda de “Como gustéis”, la misma que, haciendo del cortejo un arte, consigue trastocar a Orlando hasta tal punto de hacerle perder la razón por ella mientras cae en el juego de la protagonista.

¿Era Shakesperare un machista? Pues según se desprende de la obra (y a la vez de la época), con los cánones actuales se diría que sí. Y ése es el reto que El Brujo presenta a escena: intentar desgranar si Shakespeare defendía un papel destacado de la mujer a través de sus escritos en un contexto en el que todo decía lo contrario. ¿Lo consigue? Pues opino que también, sobre todo al relatar los entresijos de una de las obras más polémicas con la corriente feminista que se desarrolló siglos después hasta hoy, “La Fierecilla Domada”. Y es que, según Bloom, Catalina, la protagonista que ha sido ejemplificada como la sumisión personificada, parece que logra a través de dicha sumisión conseguir llevar a su terreno a un Petrucho dominante.

Es evidente que los paralelismos con la sociedad actual son bastante grandes, y por eso el principal mensaje que me transmite estas “Mujeres de Shakespeare” es la necesidad de seguir avanzando en posicionar el papel de la mujer dónde se merece, que como se ve fue nulo en el siglo XVI, pero que comenzó a despertar no muchos años después hasta evolucionar al medio camino en el que todavía hoy (siglo XXI), nos encontramos.

Igualdad real frente a igualdad de fachada


En estos días voy a echarle una mano a una amiga que está preparando un trabajo sobre el uso de prendas como el burka en nuestro país. De esta forma, repasando algunos de los reportajes que ha publicado El País en estos últimos días (salen noticias casi a diario), me he topado con dos que me han llamado profundamente la atención: Contra el “burka”, que da votos (03/06/2010) y Rebelión salafista por el burka (09/06/2010).

De ambos reportajes recientes me sorprende la postura que han tomado los partidos políticos en Cataluña (PSC, CiU y PP) prohibiendo a través de una moción en el Ayuntamiento de Lleida el uso del velo integral (burka y niqab), lo que ha provocado una cascada de similares iniciativas en Reus, Tarragona, El Vendrell, Cunit, Cervera y Tárrega.

Por el otro lado, la comunidad fundamentalista ya ha planteado la necesidad de llevar estas iniciativas a los tribunales por ser “inconstitucionales”. Es más, se habla de “ataque al Islam”, “crear una polémica para ganar votos” y que “el velo es una necesidad religiosa, no un símbolo”.

En la calle se entiende que el uso de una prenda que tape por completo el rostro de la mujer, sea cual sea la religión que profese, choca de frente con nuestro sistema de valores occidentales. De igual forma, ciertas costumbres como la reclusión de la mujer en una vivienda sin que pueda salir a la calle salvo para determinadas tareas, la prohibición de acceso a determinados recintos sólo habilitados para hombres por la tradición, o el sometimiento de la mujer a la “autoridad” del sexo masculino, es un tema peliagudo que en nuestro país ha sido puesto de manifiesto de forma permanente con campañas de sensibilización, pero ¿estamos siendo realmente honestos con nosotros mismos? Es más, ¿están nuestros partidos políticos haciendo todo lo realmente posible para alcanzar esa igualdad?

A nadie se le escapa que el uso del velo, más allá de ser una imposición en un país occidental como el nuestro, puede deberse a una decisión exclusiva de la mujer que lo lleve. Es esa línea de trabajo en la que deben enmarcarse todas las iniciativas políticas encaminadas a lograr la plena igualdad, y que no se produzcan situaciones de sometimiento por causas religiosas a aquellas mujeres que no desean llevar esta prenda. Sin embargo, y quizá sea un caso también digno de estudio, me gustaría saber que revuelo se montaría en el Senado o en el Congreso si a una monja o novicia, de las muchas que existen en nuestro país por propia voluntad, se les prohibiera llevar hábito en la calle bajo este mismo critero. Probablemente la Conferencia Episcopal no lo vería con buenos ojos, y eso que estamos hablando de prendas que en algunos casos se podrían equiparar al uso de ciertos tipos de velos. Además, la reclusión física y mental en la que viven algunas “hijas de la fe católica” en ciertas comunidades (y ahí incluyo desde órdenes religiosas al propio Opus Dei), hacen ver que no estamos tratando con el mismo rasero a todos. Sólo hay que echar un vistazo al papel de la mujer dentro de la jerarquía eclesiástica católica para darnos cuenta de que nos exigimos a todos un amplio examen de conciencia.

De igual forma, en el otro extremo de la balanza, parece que nuestros gobernantes no se han fijado en la proliferación de ciertas prácticas que también denigran la propia condición de la mujer y en este caso de una forma aún más grave, como es la prostitución. Aquí es donde ciertas actitudes más o menos hipócritas cobran especial relevancia, como ocurría en situaciones como la calle Montera de Madrid en mis tiempos de estudiante de la Complutense, en los que desde el Ayuntamiento se hacía la vista gorda siempre que las meretrices se fueran hacia recintos más apartados de los ojos de los más escandalizados, como la Casa de Campo, los clubes o los polígonos industriales. Una práctica que también se encuentra hoy día en Málaga, por ejemplo, donde seguimos haciendo la vista gorda mientras el Polígono Guadalhorce o las calles de la Alameda de Colón se han convertido en un hipermercado nocturno de la explotación sexual y el tráfico de mujeres. Aquí, por curioso que parezca, las mafias campan a sus anchas mientras impedimentos de carácter burocrático y reproches sobre qué administración es la competente, continúan demorando más el tema y sigue sin hacerse nada.

Queda mucho camino por recorrer hacia la igualdad plena, pero mientras a mitad de año ya hayan muerto más de 30 mujeres a manos de sus parejas, la prostitución siga campando a sus anchas en las ciudades o no se trate por igual a todas las comunidades religiosas en el uso de prendas que puedan suponer un desprecio a la condición de la mujer, sólo estaremos actuando de cara a la galería. Desgraciadamente…

Una semana desigual


El pasado miércoles se celebraba en Málaga una concentración contra la Violencia de Género, todo ello enmarcado en una semana con un constante goteo de sucesos que iba sembrando de nuevas víctimas de esta lacra diferentes puntos de España.

Probablemente, lo más terrible de todo, es comprobar como en Sevilla, el nivel de morbo ha llegado a tal extremo, que con el asesinato de Marta del Castillo se quitan las ganas de abrir un periódico, escuchar la radio o simplemente ver el informativo. ¿Qué está pasando?

Lo más lamentable es que parece ser una tónica general comprobar el que la denuncia ante las autoridades de estos hechos, a pesar de ser una medida disuasoria en la mayoría de los casos, no está surtiendo los efectos esperados, ya que el colapso judicial que tenemos no permite ni siquiera hacer un seguimiento efectivo de la persona que sufre, la mayoría de las veces en silencio.

Y no deja de ser menos frustrante ver como, a pesar de los intentos para poner en marcha un programa completo de actuaciones judiciales y policiales contra la violencia de género, todavía algunas personas sigan viviendo en la prehistoria de manera tal que se autoproclamen dueños y señores de la vida de otra persona.

Es una corta reflexión, pero no por ello quería dejar de compartirlo hoy en este blog.

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