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¿Estamos preparados para el individualismo?


* Artículo publicado en la Revista El Observador

Este fin de semana he podido ver “El poder del dinero” en la web de RTVE, una interesante reflexión sobre por qué los individuos que participan en la economía de mercado se comportan de forma irracional. Es una visión contraria a la teoría económica imperante desde mediados del siglo XX con Adam Smith y su “mano invisible” a la cabeza, que parecía que había solventado esas dudas navegando a través de un mar de matemáticas y fórmulas indescifrables sobre el ser humano en sociedad.

El documental se basa exclusivamente en el individualismo y la generación de riqueza personal, una máxima de la forma de vida anglosajona, bien sea a través de los negocios (capitalismo) o la religión (protestantismo). Pero, ¿dónde queda la sociedad y como nos ha afectado esta forma de vida en España?

En nuestro país, a la Guerra Civil le siguió una dictadura que, fruto del intervencionismo del Estado como economía de post-guerra, comenzó a consolidar unos derechos colectivos que se han mantenido hasta nuestros días, por muy duro que sea admitirlo. Elementos como la educación obligatoria o la sanidad pública estaban en los primeros puestos de inversión del estado (junto con la obra pública como generadora de empleo) para, una vez llegada la democracia, ser el caldo de cultivo del Estado del Bienestar. Entramos en los felices 80´s y 90´s y en la UE y nos convertimos en un país civilizado que abría los ojos, pero con un fuerte sentido social de protección hacia el más desfavorecido o el que puntualmente necesitaba ayuda sin mermar la dignidad del que recibía esa protección. Los trabajadores, por su parte, encontraban ese mismo respaldo con el Pacto de Toledo.

Los años sucesivos al  2000 nos traen el boom inmobiliario y todo iba viento en popa ya que hasta el españolito de a pie que no acababa los estudios obligatorios podía tener un sueldo que le permitía independizarse (aunque fuera a plazos) y crear una familia. Y el que tenía estudios superiores optaba por presentarse a alguna oposición de las muchas administraciones que se iban descentralizando. Todos con casa o coche nuevos: nos iba de perlas.

Esta visión de éxito aumenta el poder del individuo frente a la sociedad, dejando a un lado otras tesis más proteccionistas o patriarcales. Por parte de los sectores más conservadores se promulga todo aquello que olía a neocons mientras que desde la propia izquierda los que abrazaban el comunismo o el socialismo tienen que reinventarse para acoger un sentir más capitalista.

Como todo va bien, se descuida que es el Estado el encargado de velar de que la sociedad asuma cierta parte de responsabilidad que garantice un mínimo de subsistencia a sus ciudadanos sin tener que caer en la indigencia o la caridad, otro término que también es muy querido por los más conservadores, sobre todos de los que quieren redimir pecados en otros mundos alejados de éste.

Además, la propia mejoría (real o irreal) del status de las antiguas clases trabajadoras hace que aparezca una clase media que ideológicamente es incapaz de diferenciar en muchos casos las políticas que se llevan a cabo por parte de los partidos mayoritarios, como son en nuestro país PP y PSOE. Aunque sigan existiendo diferencias de fondo.

Pero navegar por los matices no es fácil si sumamos que los políticos se han convertido en uno de los principales problemas de nuestro país cada vez que sale una encuesta del CIS, una ciudadanía que no participa ni se muestra interesada en participar en el sistema establecido a través de las urnas. Máxime cuando es imposible aplicar teorías políticas puras que no tengan en cuenta nuestro ámbito económico europeo gracias a la adopción del euro como moneda, la fluctuación de los mercados, los intereses empresariales y sindicales… etc.

Ahora, fruto de la crisis económica y bajo mandato de la UE, debemos aligerar aún más la carga con la premisa de minimizar costes del sector público y la mirada puesta en el déficit cero a toda costa. No deja de ser preocupante como la crisis de las teorías económicas que no han podido preveer el crash inmobiliario se ha traducido en una crisis política de valores sin precedentes que dado un nuevo giro a la reinvención ya comentada. Sobre todo de los partidos políticos españoles que han accedido al gobierno: ahora el PP tiene que tener en cuenta en sus medidas a una parte de la sociedad con menos recursos desde el punto de vista de las coberturas públicas, algo que no estaba en sus planes, después de que el PSOE tuviera que aplicar recortes que afectaban a las mismas clases que sustentaban su voto, no sin lamentarse varias veces por ello.

Por eso, ¿estamos preparados para ser individualistas o para que recojamos por parte del sector público solo aquello que sea exclusivo del fruto de nuestro trabajo/aportación? Sinceramente, creo que no.

La tradición nos dice que el papel que le da la ciudadanía española al sector público es mucho más importante como garante de las políticas sociales que como gestor de servicios ya privatizados o concertados. Una postura que parece que se quiere romper con la tanda de medidas que llevamos viendo desde que el Gobierno de Rajoy comenzó este año 2012 y que afectará a los beneficiarios futuros de la educación, sanidad o cobertura por desempleo públicos, y eso es solo el principio.

El peligro reside en que se puede provocar una fractura generacional entre los que venían de una concepción proteccionista del Estado y de aquellos que, quizá por considerar que no tener nada que perder (aparentemente), no contemplan la posibilidad de seguir manteniendo esa faceta tutora propia del sector público.

Por lo pronto, el frente común conservador que existía en la UE entre Alemania-Reino Unido y Francia ya se ha roto por este último fleco con la llegada del socialista Hollande al poder en sustitución de Sarkozy. No ayuda a mantener esa visión del Estado solo como ente gestor la pérdida en intención de voto de las siglas que defienden tanto Merkel como Cameron en las elecciones regionales de sus respectivos países, que serán los próximos en tener que revalidar sus mandatos en clave nacional. Un frente que había servido para justificar la toma de medidas en nuestro país por parte de Rajoy.

Veremos que pasa.

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Sobre la apatía hacia la clase política


Acabo de terminar de leer un artículo de Manuel Jiménez Friaza en La Opinión de Málaga titulado “Hablar: acto político” en el que se hace bastante hincapie en la importancia de la oratoria y el lenguaje no verbal en el discurso político a colación de actos como el gesto de Aznar en Oviedo o las declaraciones de Esperanza Aguirre sobre los puestos quitados en Cajamadrid a un supuesto vástago de dudoso padre. También, y eso es lo que más me ha interesado, en el concepto de cercanía entre el político y el elector en estos tiempos que corren.

En el artículo de Jiménez Friaza, como siempre que se habla de oratoria en la política española, se pone como ejemplo a las dos personas que consiguieron dar otra vuelta de tuerca a los usos y maneras que se gastaban nuestros políticos en la primera mitad del siglo XX, tanto por su discurso como por su relación con el electorado: Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Desgraciadamente, toda esas nuevas formas cayeron en el olvido con la dictadura de Franco y su discurso permanente de la victoria de 1939. Una postura que cambió afortunadamente con la posterior Transición y su constante interés en que tanto vencedores como vencidos no se apearan del proyecto democrático que entonces estaba naciendo. Se escogían todas y cada una de las palabras que salían en boca tanto de gobernantes como de miembros de la oposición para apelar al sentimiento de unidad y confianza en el proyecto democrático en ciernes, una actitud que se echa de menos, tanto para los que lo vivieron como para los que hemos comprendido su significado a pesar de no haber podido estar allí, como es mi caso.

Tirando de nuestra Historia Contemporánea, rescato a colación un extracto de uno de los discursos de Azaña, en concreto uno referido a la relación entre los partidos políticos de la IIª República y el pueblo español, que me viene como anillo al dedo para intentar entender por qué tanto Gobierno como oposición siguen jugando al ratón y al gato para seguir favoreciendo el clima de desacuerdo y enfrentamiento:

Yo disculpo a los gobernantes que, afanados en sus tareas de los ministerios y del Parlamento, pueden llegar, sin saberlo, a encontrarse divorciados de la opinión pública; pero compadezco a los gobernantes que no tienen ocasión de recibir del pueblo directamente la recompensa, la grata recompensa de la efusión sentimental y cordial en premio de los aciertos que el destino les haya deparado. Y en esta situación posterior, que es lastimosa para quien pasa por ella, podía haberse encontrado el Gobierno que presido si estas vacaciones parlamentarias, lo mismo a mí que a los demás compañeros de Gobierno, no nos hubiesen permitido ir a hablar directamente con el pueblo español y a recoger de los republicanos españoles, es decir, de la inmensa mayoría del país, aquellas demostraciones ingenuas de lealtad, de adhesión y de entusiasmo que la obra realizada por el Parlamento y por el Gobierno nos han hecho recibir del pueblo español.” (Santander, 30 de septiembre de 1932)

No menos claras son las palabras de Ortega y Gasset sobre la necesidad de llegar a acuerdos en el Parlamento cuando se tratan temas de profundo calado. En concreto, del debate parlamentario que se generó también en 1932 entorno a la tramitación de la reforma agraria y del Estatuto de Autonomía de Cataluña, rescato lo siguiente:

Porque la República necesita de todas las colaboraciones, las mayores y las ínfimas, porque necesita -queráis o no- hacer las cosas bien, y para eso todos somos pocos. Sobre todo en estos dos enormes asuntos que ahora tenemos delante, la reforma agraria y el Estatuto catalán, es preciso que el Parlamento se resuelva a salir de sí mismo, de ese fatal ensimismamiento en que ha solido vivir hasta ahora, y que ha sido causa de que una gran parte de la opinión de haya retirado la fe y le escatime la esperanza. Es preciso ir a hacer las cosas bien, a reunir todos los esfuerzos. El político necesita de una imaginación peculiar el don de representarse en todo instante y con gran exactitud cuál es el estado de las fuerzas que integran la total opinión y percibir con precisión cuál es su resultante, huyendo de confundirla con la opinión de los próximos, de los amigos, de los afines, que, por muchos que sean, son siempre muy pocos en la nación. Sin esa imaginación, sin ese don peculiar, el político está perdido“. (Madrid, 13 de mayo de 1932).

¿Dónde nos encontramos ahora? En una muy preocupante apatía hacia la clase política en una crisis económica en la que es más necesaria que nunca. Sólo hay que echar un vistazo a las portadas de hoy para darnos cuenta que los dos partidos mayoritarios se han instalado en ambas trincheras mientras el ciudadano de a pie sigue bregando con la crisis. Mientras unos hablan de sumar y no restar (PSOE) los otros responden que apelar a esa suma será traicionar a los españoles (PP). En medio de toda la trifulca, la lealtad, el entusiasmo y la adhesión a la que ya hacía referencia Azaña hace casi 80 años, o el ensimismamiento del Parlamento del que hablaba Ortega y Gasset, siguen siendo protagonistas. El resultado es más que evidente: mientras asistimos a episodios de acusación mutua, el electorado ya ha situado a la clase política dentro del “top five” de los problemas de los españoles según el CIS, sólo antecedido por el paro, la crisis económica, la inmigración y el terrorismo.

Personalmente, tengo la firme convicción de que la política cumple su función cuando se usa para mejorar el bienestar común más allá de los intereses personales de los grandes grupos de presión. Por desgracia, el desapego que se siente entre nuestra sociedad hacia los políticos, sobre todo en las personas más jóvenes que son las mismas que no ejercen su derecho a voto por sentirse al margen, no favorece a un sistema democrático que sigue condenado a aumentar las tasas de absentismo electoral. Esto, probablemente, sea muy útil y placentero para los denominados “convencidos” de cada una de las opciones ideológicas que se presentan a las elecciones y para los nuevos partidos políticos que se configuran como alternativas pero que siguen cayendo en los mismos defectos (Ciudadanos, UPyD), pero no sólo aleja la actividad política de los gobernados, sino que estos ponen, probablemente sin ser concientes de ello, los cambios que sufrirán en su propio modo de vida en las manos de otros.

Confío, espero que no de forma ingenua, que la esperada recuperación económica que se espera para mediados-finales de este año cambie la actitud tanto de los que gobiernan como de la oposición para intentar trasladar a la opinión pública un clima de protección social y, sobre todo, de abandonar la frialdad de las relaciones político-elector en la que parece que nos hemos instalado fruto de la crisis.

Soraya se echa tierra contra sí misma en “El Mundo”


grande-portada-el-mundo-180109La comidilla en las tertulias políticas y pasillos de los partidos de estos dos últimos días ha sido la entrevista a la portavoz del PP en el Congreso, Soraya Sáez de Santamaría, más que por su contenido, por el reportaje gráfico que le han preparado a lo “pretty woman”. No quería haber hecho ningún comentario antes de leer la entrevista, así que aquí teneis mi post de esta semana.

Sin duda alguna, este reportaje pasará a la historia del PP como una de las peores meteduras de pata del departamento que coordina Carmen Martínez Castro,  directora del comunicación de este partido. No sólo porque las fotografías que se muestran reflejan una realidad bohemia casi insultante que parece que se está viviendo en el PP en tiempos de crisis, sino porque va a costar a la actual directiva popular de Rajoy volver a encontrar el punto de unión con su electorado y con la opinión pública a corto plazo. Como un votante más, me da que pensar que en ciertos partidos no exista ni hayan existido visos de austeridad por mucho que luego pidan explicaciones y medidas a las personas que están gobernando.

Antes de la entrevista, tenía a Soraya como una persona y especialmente como mujer joven que, aunque no congeniaba con la parte más derechizada del PP, sí que estaba currándose una imagen de trabajo e implicación constante por sacar adelante el proyecto de Rajoy. Desgraciadamente ese es el sobreprecio que se sigue estableciendo en algunos entornos en los que todavía la segregación sexista es demasiado pronunciada y, aunque Soraya siempre ha tenido para mí una proyección pública un tanto “noña”, recuerdo especialmente una entrevista que se le hizo en “Los Desayunos de TVE” el pasado mes de septiempre en el que afianzó ese carácter trabajador en pleno debate de los presupuestos de 2009. Me imagino que ha sido ese carácter el que debió cautivar a Rajoy para que en el último congreso nacional del PP la situara como número tres de su partido en plena guerra interna.

Ahora, lamentablemente, a más de un ciudadano de a pie nos ha defraudado con grandes declaraciones como que trabaja a un “ritmo, que es ligerito. Voy como las hormiguitas, dejando las genialidades para otros” o que “Alberto Nuñez Feijoo [presidente del PP de Galicia] tiene un puntito”. No voy a decir que la tenía mitificada, pero sí que tenía mi respeto como política y que ahora le va a costar recuperarlo.

Desde el punto de vista periodístico, de nuevo Pedro J., le ha lanzado otra patata caliente a la sede de Calle Génova al abrir la polémica y poner en jaque a una de las personas con mayor responsabilidad de la actual directiva del PP. Al publicar el avance de la entrevista dos días antes  en la portada del diario (igual que ha hecho hoy) y ratificar sus intenciones en el videoblog, ha vuelto a darle un tiro de gracia al equipo de Rajoy y convertido a la amable periodista Nieves Herrero en cómplice de esta estrategia. A más de uno nos llega la duda: ¿le “habrán hecho la cama” a Soraya desde su propio partido?. En próximos días espero que podamos ver algún movimiento.

PD: no he criticado que el diseño de la portada de “El Mundo” de hoy es archiconocida para los que leemos “El País”, un nuevo ejemplo de la falta de originalidad tras la “reinvención” del periódico de UNEDISA.

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